Comunicar no es solo hablar
En los entornos educativos, la comunicación es más que una técnica, no solo se encarga de explicar conceptos o dar instrucciones, va más allá. La comunicación es una actitud, que se construye desde la empatía y el deseo de escuchar. Así lo expresa Mario Kaplún en su obra Una pedagogía de la comunicación:
“Comunicar es una aptitud, una capacidad; pero es sobre todo una actitud. Supone ponernos en disposición de comunicar; cultivar en nosotros la voluntad de entrar en comunicación con nuestros interlocutores.”
Partiendo de este enfoque, el acto de comunicar no es solamente emitir mensajes, trasciende a establecer un vínculo humano, y aún más cuando hablamos de los procesos de aprendizaje. Actualmente en algunas experiencias educativas se sigue empleando el modelo vertical, donde quien enseña habla y quien aprende, escucha, sin propiciar un intercambio que lleve a la comunicación. El modelo vertical se vuelve rudimentario porque es limitante y además, no favorece al proceso educativo, que debería ser un diálogo constante.
Actualmente se vive en un contexto marcado por la tecnología y la sobrecarga de información, donde la necesidad de recuperar la comunicación en la parte educativa cada día es más importante. Kaplún sugiere un camino posible, el del relato como forma de comunicar y conectar con los demás.
“Siempre que sea posible, optemos por el relato como forma privilegiada de comunicación popular: en lugar de hacer una exposición del tema, procuremos convertirlo en una historia.”
Históricamente, la narración ha sido un modo de construcción de saberes en muchas culturas, porque se acerca a lo más humano, a una comunicación horizontal que permita ser accesible, distanciándose del lenguaje académico que tiene muchas veces, la característica de ser seco y distante.
Esto se puede trasladar al contexto educativo, con acercamiento para las partes involucradas. Empezar la clase de manera más dinámica, lejos de una instrucción mecánica de abran sus libros, por ejemplo, que el día comience con un dialogo, una anécdota del estudiante o algo que le haya pasado camino a la escuela al profesor, generar cercanía a través de la cotidianidad.
Esto va a permitir captar la atención de los estudiantes, a su vez de sentirse escuchados y da paso a lo más importante, el diálogo. En las palabras de Kaplún:
“Estas historias y leyendas no eran solamente una forma de recreación; eran una modalidad importante de educación, de formación cultural. Los conocimientos y creencias de los grupos se iban transfiriendo y modificando a través de ellas.”
Comunicar en la educación no debería reducirse solo a explicar, sino crear un ambiente donde se inste al diálogo, a compartir vivencias y sentido. Que el imaginario colectivo se construye a partir de lo vivido, de lo que se siente, de los hilos que entrelazan en las historias cotidianas.
En el ámbito educativo, la comunicación suele ser entendida como un medio que permite transmitir conocimientos, no obstante, esta visión de “instrumento” disminuye una de las capacidades más complejas que diferencia a los humanos de otras especies a meramente una herramienta. El comunicar en la educación es un acto profundamente humano, cargado de emociones, relaciones y sentidos.
En el entorno educativo, la comunicación suele considerarse un elemento clave dentro del proceso de enseñanza y aprendizaje. No obstante, en la práctica diaria de numerosos contextos escolares, se evidencia una brecha significativa entre el modelo ideal de una comunicación abierta, colaborativa y equitativa, y la realidad que se vive. Esta discrepancia pone de manifiesto tensiones importantes que requieren una reflexión crítica.
Los sistemas educativos actuales suelen promover discursos que “valoran” la participación, la colaboración y el diálogo del estudiantado, sin embargo, esto se ve afectado por las diferentes jerarquías rígidas que tienen el control; ya que, se espera que el alumno escuche pero no se le garantiza ser escuchado, en ocasiones se habla de una educación inclusiva pero no se crean estrategias adecuadas para que todas las voces sean reconocidas, como dice Litwin (2012):
“Se trata de pensar cómo enriquecer, desde las propuestas pedagógicas de nuestras escuelas, la mente de los estudiantes, creando un currículo más significativo para la vida de los jóvenes en esta sociedad… pero también nos interesa lograr que los estudiantes sean capaces de abandonar las razones de los otros para buscar nuevas razones o buenas razones, para imaginar o simplemente para iniciarse en una búsqueda personal y de sentido”.
Con esto, lo que se dice es que se debe de encontrar la manera en la que el cuerpo docente debe de ser un poco más anuente a escuchar, no sólo dirigir. Muchas veces como adultos se está acostumbrado solo a hablar y a veces es necesario el callar y simplemente escuchar lo que los demás tienen para decir.
En la educación, dentro de un aula en diversas ocasiones la comunicación se ve condicionada por múltiples factores como por ejemplo: cantidad de estudiantes, presión por resultados, propias creencias del docente etcétera, convirtiendo a la comunicación en una herramienta más de control sobre el alumnado que una vía de construcción del conocimientos. Por todo esto, es esencial el brindarle a los estudiantes espacios en donde puedan expresar sus emociones y sentimientos brindándoles un espacio seguro para que puedan hablar pero sobre todo ser escuchados.
Ahora, el aula no debe ser solo un lugar donde se enseñe lo del currículo, sino un espacio en donde se entrecruzan historias, temores, silencios y aspiraciones. La comunicación no se limita a lo que se dice sino que debe incluir lo que a veces se calla, lo que se observa, cómo se responde o lo que se ignora y en esto, es en lo que muchas veces la educación muestra falencias, porque priorizan el rendimiento por encima del vínculo y porque en diversas ocasiones no se enseña (ni se aprende) a dialogar desde el resto, la empatía y la apertura. Como lo dice Litwin (2012) en su libro:
“Entendemos que la recuperación de la calidad en materia educativa debe poner el acento en reconsiderar el valor de la profesionalidad en la formación y en el ejercicio de la docencia”.
Como docentes se debe de analizar la manera en la que se trabaja, ser autocríticos, buscar en lo más profundo de cada uno y reflexionar si se es una persona que habla y oye o una persona que habla y escucha.
Para finalizar, te dejamos estas preguntas para generar reflexión, analiza bien qué clase de docente buscas ser, de esos que solo oyen o de los que escuchan…
¿De qué sirve enseñar a hablar correctamente si no se enseña también a escuchar genuinamente?
¿De qué sirve evaluar la participación si no se garantiza un ambiente donde todos se sientan seguros para expresarse?
Referencias:
Kaplún, M. (1998). Una pedagogía de la comunicación. Ediciones de la Torre.
Litwin, E. (2012). El oficio de enseñar condiciones y contextos. Voces de la Educación.
Comentarios
Publicar un comentario